• El Español "Por qué la Brutalidad del Ejército Ruso se Parece más a una Novela de Stephen King que de Orwell"
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    20 abril, 2022 
    DESPLIEGUE MILITAR GUERRA RUSIA-UCRANIA HISTORIA NAZISMO URSS
    Gonzalo Ugidos
     
    Por qué la Brutalidad del Ejército Ruso se Parece más a una Novela de Stephen King que de Orwell
     

    La actuación en Ucrania recuerda al comportamiento del Ejército Rojo en la II Guerra Mundial. La propaganda deshumanizante del Kremlin mediatiza a la sociedad rusa y a sus soldados. 

     
    Una víctima de la masacre de Bucha. Reuters
       

    Los rusos han visto de todo durante los últimos mil años: el orgullo, la grandeza, la hambruna y el despotismo. Sólo hay una cosa que no han visto: la democracia.

    Han sufrido regímenes crueles, intolerantes y sectarios. Desde Iván el Terrible a Lenin, desde Stalin a Putin, los gobernantes han sacrificado sin piedad al individuo en aras de una idea abstracta de Rusia o de ingenierías sociales desconsideradas con la humanidad.  Resignados durante siglos a la fatalidad del poder despótico, a diferencia de Occidente, la mayoría de los rusos no albergan ilusiones de que los derechos individuales triunfen sobre el poder bruto.

    En ese caldo de cultivo se formó la personalidad de Putin: "O sometes o eres sometido", se dijo en su infancia cuando era maltratado en las sórdidas calles del Leningrado de posguerra. En esa jungla urbana aprendió que "los débiles reciben palizas". De esa educación sentimental nació su temprano y perseverante interés por el yudo. A esa experiencia se sumó su formación como espía del KGB.

    Condecorar a los criminales

     

    Según todas las apariencias, no sólo en Ucrania los soldados rusos han matado civiles con impunidad. En Chechenia, Georgia o Siria, donde el Kremlin se impuso a costa de decenas de miles de vidas de civiles, prácticamente ninguno de los perpetradores de crímenes de guerra fue procesado por Rusia.

    Miembros del ejército ruso
     

    Este lunes, Putin otorgó honores a la brigada militar acusada de masacrar a civiles en Bucha, un suburbio de Kiev. Las "acciones hábiles y resueltas" de la 64.ª Brigada de Fusileros Motorizados son "un ejemplo del cumplimiento del deber militar, el coraje, el desinterés y el alto profesionalismo", dijo Putin en un comunicado en el que les otorgó el título honorífico de "guardias". 

    Esa malversación orwelliana del significado de las palabras responde a una vieja costumbre soviética.  Así como la "desnazificación" es el eufemismo para justificar la reducción a cenizas de  Mariupol y para martirizar Volnovaja o Bucha, la "reclusión sin derecho a correspondencia" era el eufemismo oficial con el que el estalinismo encubría la ejecución del arrestado, como recuerda Vasili Grossman en Vida y destino.

    La actitud de Putin parece responder a un patrón. Anteriormente otorgó la medalla más alta de Rusia a un líder checheno acusado de secuestro y tortura. La misma medalla se la concedió en 2016 a Aleksandr Dvornikov, el general ruso acusado de bombardear barrios civiles y hospitales en Siria. A principios de este mes, Putin nombró a Dvornikov comandante principal de Rusia en Ucrania.

    Vladímir Putin condecora a Alexander Dvornikov como Héroe de la Federación de Rusia
     

    Tras la retirada de las tropas rusas, Bucha quedó convertida en un paisaje de los horrores, como documentaron fotógrafos del New York Times. Sus imágenes sugieren que las tropas mataron de manera premeditada y, a veces, sádicamente: los cuerpos de los civiles fueron encontrados esparcidos por las calles, en sus hogares y en fosas comunes. Muchos parecían haber sido ejecutados; algunos, primero torturados y luego violados.

    Tales atrocidades no sólo encajan en el manual de estrategia que Moscú ha utilizado —con su propio pueblo o en otros conflictos—, sino que son idiosincráticas en la historia de su ejército, envenenado de nihilismo e impiedad.

    Un policía examina un cadáver en Bucha. Gtres
       
    Un hombre llora ante la tumba de su madre en Bucha. Gtres
     
    La violencia sigue siendo habitual en el ejército ruso, donde los soldados veteranos abusan rutinariamente de los novatos. Sergei Krivenko, que dirige un grupo que ofrece asistencia legal a los soldados rusos, declaró al New York Times que "esa violencia, junto con la falta de supervisión independiente, hace que los crímenes de guerra sean posibles. Los soldados rusos son tan capaces de crueldad contra sus propios compatriotas como contra los ucranianos".
     
    Los soldados rusos son tan capaces de crueldad
    contra sus propios compatriotas como contra los ucranianos
     
     

    En un vídeo distribuido por el Ministerio de Defensa, el comandante Aleksei Shabulin, refiriéndose a los luchadores por la independencia de Ucrania, cuenta que su bisabuelo "perseguía a la escoria fascista a través de los bosques" durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Su bisnieto se ufana ahora de "continuar esta tradición gloriosa; ahora me toca a mí", dice. "No deshonraré a mi bisabuelo".            

    El culto a la guerra

    Cuando comenzó la guerra, Leonid Shmelkov, de 39 años, estaba de vacaciones en Sri Lanka. El dibujante, cuyo cortometraje animado Mi propio alce personal ganó el premio especial del jurado en el Festival de Cine de Berlín de 2014, decidió quedarse en Sri Lanka. Desde allí, en una entrevista con Al Jazeera, explica que la propaganda  sobre el papel que jugaron las fuerzas soviéticas en la victoria sobre la Alemania nazi condujo a un "culto a la guerra" paroxístico que se ha reavivado en la actual histeria bélica en Rusia.

    En lo que los rusos llaman la Gran Guerra Patria, antes de desencadenar la venganza en Alemania, el Ejército Rojo cometió sus primeras atrocidades en Polonia, el primer país que fue "liberado" del yugo nazi.

    Los soldados rusos, viéndose a sí mismos como conquistadores más que liberadores, comenzaron de inmediato a forzar a las polacas. En un convento donde residían 25 religiosas, 15 fueron violadas y asesinadas por la soldadesca. Las 10 restantes fueron violadas, algunas 50 veces.

    "Vinieron a pedirme consejo y hablaron de aborto en términos velados", relataría años después la doctora francesa Madeleine Pauliac, que conoció a algunas de las monjas e, incluso, tuvo que asistirlas para dar a luz a los hijos que gestaron.

    Monumento Conmemorativo a los Soldados Soviéticos ubicado en Treptower Park Wikipedia
     

    Millones de violaciones  

    En el parque de Treptow, a las afueras de Berlín, hay una estatua de unos 12 metros de alto, con la figura de un soldado soviético pisando una esvástica rota con una espada en la mano y una niña en brazos. En un ámbito de 10 hectáreas, están enterrados 7.000 soldados del Ejército Rojo, una pequeña parte de los caídos en Berlín entre 16 de abril y el 2 de mayo de 1945. El memorial se convirtió en la "pirámide" comunista más grande de Europa occidental.

    Si la llaman la Tumba del Violador Desconocido es porque para muchos este monumento, más que recordar que el pueblo soviético salvó del fascismo la civilización europea, es el recordatorio de una descomunal brutalidad.

    Lo que hizo el Ejército Rojo al entrar en Berlín forma parte de las páginas más infames de la historia universal de la infamia. También de las más desconocidas de la Segunda Guerra Mundial. Los comunistas rusos del pasado siglo intentaron ningunear esos crímenes como un mito inventado por la prensa occidental.  

    Parte del parque Treptower en Berlín
     

    Cuando los soldados conquistaron gran parte del territorio del Tercer Reich, perpetraron lo que los historiadores llamaron "el fenómeno de violaciones masivas más importante de la Historia". Según los cálculos más rigurosos, los rusos violaron a más de dos millones de mujeres alemanas, incluyendo niñas y ancianas.

    El ejército alemán era, supuestamente, una fuerza bien organizada compuesta por arios que abominaban del sexo con lo que ellos consideraban como subhumanos. No obstante, de acuerdo con Oleg Budnitsky,  historiador y director del Instituto de Estudios Avanzados Soviéticos y Postsoviéticos de Moscú, ese tabú fue ampliamente ignorado cuando el ejército alemán invadió Rusia en la Operación Barbarroja.

    A las tres de la madrugada del 22 de junio de 1941 se desató la mayor ofensiva militar de la Historia. Tres millones de soldados cruzaron un frente de casi 1.600 kilómetros. Había comenzado el conflicto que, según Hitler, sería "una guerra sin normas". A finales de año, cuatro millones de rusos habían muerto en combate y otros 3,5 millones habían sido hechos prisioneros. El 97% moriría.  

    Masacre de los Einsatzgruppen
     

    En su avance, los alemanes hicieron desaparecer del mapa 7.000 aldeas rusas. Los hombres fueron asesinados por los Einsatzgruppen (escuadrones de la muerte de las SS); las mujeres a menudo eran violadas y enviadas a las fábricas alemanas a trabajar como esclavas o a lagers de exterminio.

    En cada punto de las estepas donde los alemanes borraron una aldea del mapa, ahora hay una campana. Cuando el viento sopla sobre las huellas de los panzers, doblan por los muertos de aquella calamidad humana.

    La hora de la venganza

    El Ejército Rojo se vengó con la misma moneda. Cuando la suerte de la batalla de Stalingrado cambió a su favor, los rusos avanzaron. Lo que vieron fue estremecedor: casas destruidas, ciudades arrasadas y agujeros llenos de cadáveres que avivaron la sed de venganza, algo que Stalin fomentó. Se publicaron posters alentándoles a la rabia: "Soldado: ahora estás en tierra alemana. Llegó la hora de la venganza". "¡Mata al alemán y salta sobre la mujer alemana!" "¡Véngate! ¡Tú eres un soldado vengador!"

    Cuando llegaron a Berlín, ya consideraban a las mujeres un "botín carnal". Estaban liberando Europa y creían tener derecho a todo. La corresponsal de guerra rusa Natalya Gesse afirmó que el Ejército Rojo era un "ejército de violadores que forzaba tanto a niñas de ocho años como a mujeres de ochenta".

    Las estimaciones de los hospitales de Berlín oscilaban entre las 95 mil y las 135 mil víctimas de violación. Unas 10 mil murieron a causa de la agresión o por suicidio. En Prusia Oriental, Pomerania y Silesia, Antony Beevor  estima que casi millón y medio de mujeres fueron violadas. Muchas de ellas fueron sometidas a violaciones múltiples. Un dirigente de una compañía blindada del Komsomol llegó a jactarse de que en Alemania nació "un millón de hijos nuestros".

    Un soldado de la URSS iza la bandera sobre un destruido Berlín
     

    En sus diarios Berliner Recordings 1942 to 1945, publicados en 1962, la periodista alemana Ursula Von Kardorff cuenta que una amiga suya fue agredida "por 23 soldados rusos, uno detrás de otro. Tuvieron que coserla en el hospital". Con una franqueza brutal, el joven teniente Vladímir Gelfand anotó en su diario los pormenores de las atrocidades de la guerra. Su manuscrito fue publicado en 2002.

    En febrero de 1945, Gelfand estaba destacado cerca del río Oder, donde el ejército se preparaba para el golpe final sobre Berlín. "Capturábamos gatas alemanas armadas que decían que estaban vengando a sus maridos muertos", escribe el teniente. "Debemos destruirlas sin misericordia. Nuestros soldados sugieren apuñalarlas en sus genitales, pero yo sólo las ejecutaría".

    Un soldado soviético increpa a una mujer alemana en la toma de Berlín. HULTON-DEUTSCH COLLECTION
     

    Uno de los pasajes más escalofriantes lo escribió el 25 de abril, cuando ya habían llegado a Berlín. Cuenta Gelfand que iba en bicicleta por el río Spree cuando se topó con un grupo de alemanas que cargaban maletas y bultos. Con su alemán precario preguntó a dónde iban. "Con horror en sus rostros me contaron lo que les había ocurrido la primera noche de la llegada del Ejército Rojo", escribió. "Me clavaron aquí", dijo una de las mujeres y se levantó la falda. "Toda la noche. Unos eran viejos y otros tenían espinillas. Todos se montaron por turnos. No menos de 20 hombres", dijo antes de estallar en lágrimas.

    El británico Antony Beevor, ex oficial del Ejército cuya reconstrucción de la batalla de Stalingrado se convirtió en un éxito de ventas, publicó Berlín: la Caída sobre el hundimiento de la capital alemana. En los archivos soviéticos, Beevor descubrió una tormenta de venganzas que le dejó "totalmente consternado". 

    Beevor documenta que el grupo del NKVD (departamento de inteligencia interior de la Unión Soviética) destacado con el 43 ejército descubrió que las mujeres alemanas rezagadas en Schpaleiten habían intentado suicidarse.

    Existen diversos testimonios de que hubo mujeres que
    intentaron suicidarse tras los abusos de los soldados rusos
     
     

    Interrogaron a una de ellas, Emma Korn. Contó que el 3 de febrero de 1944 entraron en la ciudad las tropas de primera línea de combate del Ejército Rojo: "Llegaron a la bodega en que nos ocultábamos, nos apuntaron con sus armas, a mí y a las otras dos mujeres, y nos ordenaron que saliéramos al patio. Una vez allí, se turnaron para violarme 12 soldados, mientras que otros hacían lo mismo con mis dos vecinas".

    "La noche siguiente irrumpieron en la bodega seis soldados borrachos y nos violaron delante de los niños. El 5 de febrero les tocó el turno a tres soldados más, y el día 6 nos violaron y golpearon 8 soldados borrachos". Tres días más tarde, las agredidas intentaron suicidarse y acabar con la vida de sus hijos cortándoles las muñecas. No supieron hacerlo.

    Stalin lo sabía

    Beevor descubrió historias todavía más espeluznantes. En algunos casos las mujeres de una calle entera fueron violadas. Embarazadas, abuelas, incluso moribundas en su lecho de muerte y mujeres esqueléticas, vestidas con harapos: eran reclusas liberadas de los campos de concentración.

    Ese episodio echaba por tierra la idea de que los soldados sólo utilizaron la violación como forma de venganza contra los alemanes. Beevor cuenta que Stalin sabía muy bien lo que estaba sucediendo.

    Portada del libro Vida y destino
     

    El periodista y escritor estadounidense Cornelius Ryan publicó en 1966 La última batalla. Relata la caída de Berlín y cuenta que mientras continuaba la batalla se producía otra "ofensiva salvaje, encarnizada y personal". Las hordas rusas exigían el derecho de los conquistadores: las mujeres de los conquistados. "Ursula Roester dormía en el sótano de una casa de Zehlendorf junto a sus padres, sus hijas gemelas de seis años y su hijo de siete meses. Cuatro soldados rusos golpearon la puerta con la culata de sus fusiles. Registraron el refugio. Un soldado encontró un frasco de perfume francés. Lo destapó, lo olió y lo derramó sobre su uniforme. Otro encañonó a los padres e hijos de Ursula y los encerró en el sótano. A continuación, los cuatro se turnaron para violarla". 

    Una operadora telefónica del Ejército Rojo recuerda en el mismo libro que "cuando ocupábamos un pueblo, primero teníamos tres días para los saqueos y las violaciones. Por descontado, eso no era oficial. Recuerdo a una mujer alemana violada, desnuda con una granada entre las piernas. Ahora siento lástima, pero no la sentía en aquel momento… ¿Piensas que fue fácil perdonar a los alemanes? Odiábamos ver sus casas blancas, limpias e intactas. Con rosas. Quería que sufrieran. Quería ver sus lágrimas… Tuvieron que pasar décadas para que comenzara a sentir compasión por ellos".

    Tanto Ryan como Beevor describen comportamientos de hombres armados y deshumanizados. También lo hace Grossman en Vida y destino: "Los totalitarismos han negado el concepto de individualidad separada, el concepto de persona y opera con masas enormes, aplicando sobre el individuo las leyes de los átomos y las piedras".

    Los crímenes no se castigan

    La brutalidad de la guerra de Moscú contra Ucrania toma dos formas distintas, familiares para aquellos que han visto al ejército ruso en acción en otros lugares. Está la crueldad de los soldados y unidades individuales, cuyas atrocidades en Bucha parecen haber descendido directamente del apocalipsis. Y está la violencia infligida por las bombas y misiles rusos contra civiles y objetivos militares, con la intención tanto de desmoralizar como de derrotar. 

    Masacre de Grozny
     
    Un soldado juega al fútbol en una destruida Alepo. Europa Press
     

    Estos ataques recuerdan la destrucción aérea en 1999 y 2000 de la capital chechena de Grozny. El asedio y los combates dejaron la capital devastada. En 2003, Naciones Unidas llamó a Grozny la ciudad más destruida de la Tierra. Murieron entre 6.000 y 8.000 civiles durante el asedio.

    Algo muy parecido pasó en 2016, en el bastión rebelde sirio de Alepo, que dejó unos 31.000 muertos. El 76% de todas las muertes fueron civiles. Las imágenes de satélite de la ONU determinaron más de 33.500 edificios residenciales dañados en la ciudad. Más de 63.000 militares rusos se desplegaron en Siria, según Moscú. Rusia apuntó a los hospitales para aplastar los últimos focos de resistencia al presidente Bashar al-Assad, un "enfoque brutalmente pragmático de la guerra" que tiene "su propia lógica espantosa", dice el experto en temas de seguridad rusos Mark  Galeotti. 

    Las muertes de civiles y los crímenes cometidos por soldados figuran en todas las guerras. También en las que ha librado Estados Unidos en las últimas décadas en Vietnam, Afganistán e Irak. No es fácil explicar por qué los soldados cometen atrocidades, pero las órdenes de los comandantes, la cultura militar, la propaganda, la frustración en el campo de batalla y la maldad individual pueden unirse para producir horrores.

     
    рutin junto al ejército ruso
     

    Algunos analistas ven el problema como estructural y político, con la falta de rendición de cuentas de las fuerzas armadas rusas magnificada por la ausencia de instituciones independientes en el sistema autoritario de Putin o la Unión Soviética anterior. 

    En Rusia, tales actos rara vez se reconocen, no se investigan y mucho menos se castigan. Eso deja en zona oscura en qué medida la brutalidad se deriva de la intención de los comandantes o simplemente no logran controlar a sus tropas. Combinado con la estrategia de bombardear objetivos civiles, es lógico concluir que el gobierno ruso, y quizás una parte de la sociedad rusa, aprueba la violencia contra los civiles.

    No es Orwell, es Stephen King

    Dos tercios de los rusos sienten "orgullo, inspiración o alegría" por la guerra en Ucrania, según una encuesta realizada el 4 de marzo por el Centro Levada, la última encuestadora independiente de Rusia. Sólo el 18 por ciento siente "ira, vergüenza o depresión" por la guerra.

    Los crímenes en Ucrania también pueden provenir de los años de propaganda deshumanizante del Kremlin contra los ucranianos, que los soldados consumen de manera obligatoria. Los reclutas rusos, según se informa la web del Ministerio de Defensa ruso, deben ver los "informativos de televisión de 9 a 9:40 pm todos los días excepto los domingos". El mensaje recurrente es que están luchando contra los "nazis", como lo hicieron sus antepasados en la Segunda Guerra Mundial.

    Stephen King, el maestro del terror. Gtres
     

    Esos antepasados estaban intoxicados por la misma tosca propaganda que envenenaba la URSS durante la época de la colectivización total. Entonces los propagandistas de Stalin decían que la hambruna obedecía al hecho de que los kulaks (campesinos colectivizados a la fuerza) enterraban el grano, no comían pan adrede y se hinchaban; morían incluso pueblos enteros, incluidos niños y ancianos, con el único objeto de perjudicar al Estado soviético.

    Un residente de Moscú, que habló con Al Jazeera, comparó la Rusia actual más a una novela de terror de Stephen King que a la distopía 1984 de George Orwell.

    "Estoy rodeado de zombis. Nadie los obliga, apoyan la guerra voluntariamente y con alegría. Este no es Orwell, este es King", dijo. Los programas de televisión llenos de propaganda se transmiten "casi todo el día", y su influencia en los corazones y las mentes es tan devastadora como las "armas nucleares", agregó. "Están matando a todos y a todo, convirtiendo lo negro en blanco y viceversa. Año tras año, gota tras gota, falsificación tras falsificación".

    El mundo se pregunta si —como Stalin o Hitler— Vladímir Putin es un monstruo nihilista que no valora la vida humana. División de opiniones: el mundo cree que sí, la mayoría de los rusos que no y la Corte Penal de la Haya aún no tiene reo a quien juzgar.

    Image: España traicionada. Stalin y la guerra civil
     

    Guerras postsoviéticas

    Como en la Segunda Guerra Mundial, en las guerras postsoviéticas la doctrina militar rusa es que el fin justifica los medios. El Centro de Estudios de Seguridad George C. Marshall publicó un artículo de Alexéi G. Arbato sobre la doctrina militar rusa. Dice el analista que, "para limitar las bajas de las propias tropas vale la pena imponer una devastación masiva y muertes colaterales en las poblaciones civiles". 

    El uso de la fuerza es el solucionador de problemas más eficiente, si se aplica de manera contundente y masiva. Las negociaciones tienen un valor dudoso y deben usarse como una tapadera para la acción militar. La legalidad de las acciones estatales, la observancia de las leyes y el sufrimiento humanitario son de importancia secundaria en relación con el logro de la meta. 

    La opinión pública extranjera y la posición de los gobiernos occidentales deben descartarse si los intereses rusos están en juego. Una campaña mediática concentrada y controlada es la clave del éxito.

    El colapso de la Unión Soviética, a pesar de la tendencia a caracterizarlo como un "proceso pacífico", estuvo acompañado de una violencia significativa en varios de los nuevos Estados independientes. Hubo guerras en Azerbaiyán, Georgia y Moldavia.

    Más de 130.000 personas han muerto en las guerras postsoviéticas y muchas más han sido desplazadas. Las acciones de Rusia en las guerras postsoviéticas brindan pistas sobre su brutal invasión a Ucrania.  

     

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    Spanisch
    20 April, 2022 
    MILITÄRISCHER EINSATZ RUSSISCH-UKRAINISCHER KRIEG GESCHICHTE NAZISMUS UdSSR
    Gonzalo Ugidos
     
    Warum die Brutalität der russischen Armee eher an Stephen King als an George Orwell erinnert
     

    Das Vorgehen in der Ukraine erinnert an das Verhalten der Roten Armee im Zweiten Weltkrieg. Die entmenschlichende Propaganda des Kremls beeinflusst sowohl die russische Gesellschaft als auch ihre Soldaten durch gezielte mediale Steuerung 

     
    Ein Opfer des Massakers von Bucha. Reuters
     

    Die Russen haben in den vergangenen tausend Jahren vieles erlebt: nationalen Stolz, imperiale Größe, Hungersnöte und despotische Herrschaft. Was ihnen jedoch weitgehend verwehrt blieb, ist die Erfahrung von Demokratie.

    Unter einer Abfolge grausamer, intoleranter und ideologisch geprägter Regime litten sie über Generationen hinweg. Von Iwan dem Schrecklichen über Lenin und Stalin bis hin zu Putin opferten die Herrschenden das Individuum wiederholt einer abstrakten Idee von Russland oder einer radikalen gesellschaftlichen Umgestaltung.

    Im Gegensatz zu westlichen Gesellschaften, in denen das Ideal individueller Rechte und Freiheiten tief verankert ist, haben sich viele Russinnen und Russen über Jahrhunderte mit der Realität autoritärer Macht abgefunden. Illusionen darüber, dass individuelle Rechte gegenüber staatlicher Gewalt obsiegen könnten, sind in weiten Teilen der Gesellschaft nicht verbreitet.

    Auf diesem gesellschaftlichen Nährboden formte sich die Persönlichkeit Wladimir Putins. „Entweder man unterwirft sich – oder man wird unterworfen“, lautete eine zentrale Lektion seiner Kindheit im von Armut und Gewalt geprägten Nachkriegs-Leningrad. In den Straßen dieser Stadt lernte er früh die Grundregel eines urbanen Überlebenskampfes: „Die Schwachen werden verprügelt.“ Aus dieser Erfahrung heraus entwickelte er ein nachhaltiges Interesse an Kampfsport, insbesondere Judo. Hinzu kam seine spätere Ausbildung zum Geheimdienstoffizier beim KGB, die seine Weltsicht weiter prägte.

    Kriminelle dekorieren

    Berichte und Analysen deuten darauf hin, dass russische Soldaten nicht nur im Ukrainekrieg mit weitgehender Straflosigkeit agieren. Auch in früheren Konflikten – etwa in Tschetschenien, Georgien oder Syrien – setzten russische Streitkräfte ihre militärischen Ziele häufig um den Preis hoher ziviler Opferzahlen durch. Eine umfassende strafrechtliche Aufarbeitung mutmaßlicher Kriegsverbrechen durch russische Institutionen fand dabei in der Regel nicht statt.

     

    Mitglieder der russischen Armee
     

    Putin ehrte am Montag die Militärbrigade, der vorgeworfen wird, im Kiewer Vorort Butscha ein Massaker an Zivilisten verübt zu haben. Die „geschickten und entschlossenen Handlungen“ der 64. motorisierten Schützenbrigade seien, so Putin, „ein Beispiel für die Erfüllung militärischer Pflichten, für Mut, Selbstlosigkeit und hohe Professionalität“. In seiner offiziellen Erklärung verlieh er der Einheit den Ehrentitel „Garde“.

    Diese Umdeutung sprachlicher Bedeutung ist typisch für ein orwellsches Vokabular und folgt einer langen sowjetischen Tradition. So wie heute Begriffe wie „Entnazifizierung“ dazu dienen, die Zerstörung Mariupols oder das Leid von Wolnowacha und Butscha zu rechtfertigen, war während der Stalinzeit der Ausdruck „Haft ohne Recht auf Korrespondenz“ ein Euphemismus für die geheime Hinrichtung politischer Gefangener – wie der Schriftsteller Wassili Grossman in Leben und Schicksal beschreibt.

    Putins Auszeichnungen folgen einem bekannten Muster. Bereits zuvor hatte er einem tschetschenischen Anführer, der wegen Entführung und Folter beschuldigt wurde, den höchsten russischen Orden verliehen. Die gleiche Auszeichnung erhielt 2016 auch General Aleksandr Dwornikow, dem vorgeworfen wird, im syrischen Bürgerkrieg zivile Wohngebiete und Krankenhäuser bombardiert zu haben. Anfang dieses Monats wurde Dwornikow von Putin zum Oberbefehlshaber der russischen Streitkräfte in der Ukraine ernannt.

       
    Wladimir Putin zeichnet Alexander Dwornikow als Held der Russischen Föderation aus
     

    Nach dem Abzug der russischen Truppen bot sich in Butscha ein Bild des Grauens, das von Fotografen der New York Times dokumentiert wurde. Ihre Aufnahmen deuten darauf hin, dass Zivilisten gezielt und mitunter auf besonders grausame Weise getötet wurden: Die Leichen lagen verstreut auf den Straßen, in Wohnhäusern und in improvisierten Massengräbern. Zahlreiche Opfer wiesen Spuren gezielter Hinrichtungen auf; andere waren offenbar zuvor gefoltert und sexualisierter Gewalt ausgesetzt worden.

    Solche Verbrechen stehen nicht nur im Einklang mit der Gewaltpraxis, die Moskau sowohl gegenüber der eigenen Bevölkerung als auch in früheren Konflikten angewandt hat. Sie verweisen zugleich auf eine historische Dimension der russischen Kriegsführung, die von tiefgreifendem Nihilismus und einer systemischen Entwertung menschlichen Lebens geprägt ist.

     
    Ein Polizist untersucht eine Leiche in Bucha. Gtres
       
    Ein Mann weint am Grab seiner Mutter in Bucha.. Gtres
     
    Gewalt gehört im russischen Militär nach wie vor zum Alltag: Veteranen misshandeln routinemäßig Rekruten. Sergei Krivenko, Leiter einer Organisation, die russischen Soldaten rechtlichen Beistand leistet, erklärte gegenüber der New York Times, dass „solche Gewalt, in Kombination mit fehlender unabhängiger Kontrolle, Kriegsverbrechen erst möglich macht. Russische Soldaten sind zu Grausamkeiten gegenüber ihren eigenen Landsleuten ebenso fähig wie gegenüber Ukrainern.“
     
    Russische Soldaten sind zu Grausamkeiten gegenüber ihren eigenen Landsleuten ebenso fähig wie gegenüber ukrainischen Soldaten.
     
     

    In einem vom russischen Verteidigungsministerium veröffentlichten Video schildert Major Aleksei Schabulin mit Bezug auf die ukrainischen Unabhängigkeitsbewegungen, wie sein Urgroßvater während und nach dem Zweiten Weltkrieg „faschistische Elemente durch die Wälder jagte“. Schabulin erklärt, er setze diese „glorreiche Tradition“ nun fort: „Jetzt bin ich an der Reihe“, sagt er. „Ich werde meinen Urgroßvater nicht entehren.“

    Der Kriegskult

    Als der Krieg gegen die Ukraine begann, befand sich der 39-jährige Animator Leonid Schmelkow im Urlaub auf Sri Lanka. Schmelkow, dessen animierter Kurzfilm My Own Personal Moose 2014 bei den Berliner Filmfestspielen mit dem Spezialpreis der Jury ausgezeichnet wurde, beschloss, in Sri Lanka zu bleiben. In einem Interview mit Al Jazeera äußerte er, dass die sowjetische Propaganda über den Sieg über Nazideutschland in Russland zu einem nahezu ekstatischen „Kriegskult“ geführt habe, der in der aktuellen Kriegshysterie eine neue Dimension erreicht habe.

    Im sogenannten Großen Vaterländischen Krieg, wie er in der russischen Geschichtsschreibung bezeichnet wird, kam es bereits vor dem Vorrücken der Roten Armee nach Deutschland zu Übergriffen auf die Zivilbevölkerung – unter anderem in Polen, dem ersten Land, das formell als vom Nationalsozialismus „befreit“ galt.

    Zeitzeugenberichte und historische Untersuchungen zeigen, dass sich Teile der Roten Armee nicht als Befreier, sondern als Besatzer aufführten. So gibt es dokumentierte Fälle sexualisierter Gewalt durch sowjetische Soldaten gegenüber polnischen Frauen. In einem Fall, der sich in einem Kloster ereignete, in dem 25 Nonnen lebten, sollen 15 von ihnen getötet und zuvor vergewaltigt worden sein. Die übrigen 10 Frauen seien mehrfach – in einigen Fällen bis zu 50 Mal – Opfer sexueller Gewalt geworden.

    Die französische Ärztin Madeleine Pauliac, die in Polen im Auftrag humanitärer Organisationen tätig war und mit einigen der betroffenen Frauen persönlich in Kontakt stand, berichtete später: „Sie baten mich um Rat und sprachen andeutungsweise von Abtreibung.“ Pauliac begleitete mehrere der Nonnen während ihrer Schwangerschaft und unterstützte sie bei der Geburt der Kinder.

       
    Sowjetisches Soldatendenkmal im Treptower Park Wikipedia.
     

    Millionen von Verstößen

    Im Treptower Park am Rande Berlins erhebt sich ein 12 Meter hohes Denkmal eines sowjetischen Soldaten. Die Figur hält ein Schwert in der Hand und ein kleines Mädchen im Arm; zu seinen Füßen liegt ein zerbrochenes Hakenkreuz. Auf dem Gelände von rund zehn Hektar sind etwa 7.000 Rotarmisten bestattet – ein Bruchteil der Soldaten, die zwischen dem 16. April und dem 2. Mai 1945 bei der Schlacht um Berlin ums Leben kamen. Die Gedenkstätte gilt als eines der größten sowjetischen Ehrenmale in Westeuropa und war zugleich ein zentraler Ort kommunistischer Erinnerungskultur.

    Kritiker bezeichnen das Monument mitunter provokativ als „Grabmal des unbekannten Vergewaltigers“. Hintergrund ist, dass es für viele nicht primär als Symbol für die Rettung Europas vor dem Nationalsozialismus wahrgenommen wird, sondern als Mahnmal für die Gewalt und das Leid, das mit dem Vormarsch der Roten Armee einherging.

    Die Verbrechen, die von Teilen der Roten Armee beim Einmarsch in Berlin begangen wurden, zählen zu den bedrückendsten Kapiteln der Kriegsgeschichte. Sie stehen exemplarisch für das Spannungsverhältnis zwischen militärischem Sieg und moralischem Versagen. Gleichzeitig gehören diese Ereignisse zu den Aspekten des Zweiten Weltkriegs, die in der öffentlichen Erinnerung lange Zeit marginalisiert wurden.

    Im 20. Jahrhundert versuchten sowjetische Stellen wiederholt, Berichte über diese Taten als Erfindungen oder Übertreibungen westlicher Medien zu diskreditieren. Erst nach dem Zusammenbruch der Sowjetunion wurde eine breitere historische Auseinandersetzung mit diesem Teil der Kriegsgeschichte möglich.

      
    Teil des Treptower Parks in Berlin
     

    Mit dem Vorrücken der sowjetischen Truppen in das Gebiet des Dritten Reichs kam es zu einem Phänomen, das Historiker heute als eines der umfangreichsten Fälle sexualisierter Gewalt in der Geschichte bezeichnen. Nach konservativen Schätzungen wurden über zwei Millionen deutsche Frauen Opfer von Vergewaltigungen durch Angehörige der Roten Armee – darunter auch Minderjährige und ältere Frauen.

    Die Wehrmacht galt offiziell als diszipliniert organisierte Armee, zusammengesetzt aus sogenannten „Ariern“, denen jeglicher sexueller Kontakt mit als „rassisch minderwertig“ klassifizierten Personen ideologisch untersagt war. Doch wie der Historiker Oleg Budnizki, Direktor des Instituts für fortgeschrittene sowjetische und postsowjetische Studien in Moskau, feststellt, wurde dieses Tabu im Zuge des deutschen Angriffskriegs gegen die Sowjetunion vielfach gebrochen.

    Am 22. Juni 1941, um 3 Uhr morgens, begann mit dem Überfall auf die Sowjetunion die größte Militäroffensive der Geschichte: Operation Barbarossa. Rund drei Millionen Soldaten der Wehrmacht überschritten eine etwa 1.600 Kilometer lange Frontlinie. Adolf Hitler erklärte diesen Feldzug explizit zu einem „Krieg ohne Regeln“.

    Bis zum Jahresende waren etwa vier Millionen sowjetische Soldaten gefallen, weitere 3,5 Millionen wurden gefangen genommen. Von diesen Kriegsgefangenen überlebten laut späteren Schätzungen lediglich rund 3 % – die überwältigende Mehrheit starb infolge von Misshandlungen, Hunger und systematischer Vernachlässigung.

       
    Masacre de los Einsatzgruppen
     

    Auf ihrem Vormarsch vernichteten deutsche Truppen über 7.000 russische Dörfer. Männer wurden von Einsatzgruppen der SS ermordet, während Frauen häufig Opfer sexualisierter Gewalt wurden und zur Zwangsarbeit in deutsche Fabriken oder in Konzentrationslager deportiert wurden.

    An den Orten in der Steppe, an denen deutsche Einheiten ganze Dörfer auslöschten, erinnern heute symbolische Glocken an die Opfer. Wenn der Wind über die alten Panzerspuren weht, ertönt ihr Klang als Mahnmal für das menschliche Leid dieser Zeit.

    Die Stunde der Rache

    Die Rote Armee reagierte mit eigener Gewalt. Nachdem sich das Kriegsgeschehen mit der Schlacht von Stalingrad zugunsten der Sowjetunion gewendet hatte, begann ihr Vormarsch nach Westen. Die Soldaten stießen auf verwüstete Ortschaften, zerstörte Städte und Massengräber – Bilder, die in vielen von ihnen eine tief empfundene Rachehaltung verstärkten, die in Teilen auch durch die sowjetische Propaganda gefördert wurde.

    Plakate und Parolen riefen offen zur Vergeltung auf: „Soldat, du bist jetzt auf deutschem Boden. Die Stunde der Rache ist gekommen“, hieß es etwa. Andere Aufrufe waren drastischer: „Töte den Deutschen – und nimm dir die deutsche Frau!“ oder „Räche dich – du bist ein Soldat der Vergeltung!“

    Beim Einmarsch in Berlin wurden Frauen zunehmend als legitime Kriegsbeute betrachtet. Der Glaube, als Befreier Europas zu handeln, vermischte sich bei manchen Soldaten mit einem Gefühl des Anspruchs und der Straffreiheit. Die sowjetische Kriegsberichterstatterin Natalja Gesse schrieb später, dass weite Teile der Roten Armee sexualisierte Gewalt verübten – unabhängig vom Alter der Opfer.

    Berliner Krankenhäuser schätzten die Zahl der Vergewaltigungsopfer auf zwischen 95.000 und 135.000. Etwa 10.000 Menschen starben an den Folgen oder nahmen sich das Leben. Der britische Historiker Antony Beevor geht davon aus, dass allein in Ostpreußen, Pommern und Schlesien bis zu 1,5 Millionen Frauen vergewaltigt wurden – viele davon mehrfach.

    Ein Kompanieführer einer Komsomol-Panzerbrigade soll sich später damit gerühmt haben, „eine Million unserer Kinder“ seien in Deutschland geboren worden – ein makabrer Hinweis auf das Ausmaß der Gewalt und ihre langfristigen demografischen Folgen.

      
    Ein UdSSR-Soldat hisst die Flagge über dem zerstörten Berlin
     

    In ihren 1962 veröffentlichten Berliner Aufzeichnungen 1942 bis 1945 schildert die deutsche Journalistin Ursula von Kardorff eindrücklich die Gewalt am Ende des Krieges. Sie berichtet unter anderem von einer Freundin, die Opfer eines Übergriffs durch 23 sowjetische Soldaten wurde. „Man musste sie im Krankenhaus zusammennähen“, so Kardorff.

    Auch der junge sowjetische Leutnant Wladimir Gelfand dokumentierte die Schrecken des Krieges mit bemerkenswerter Offenheit in seinem Tagebuch. Seine Aufzeichnungen wurden im Jahr 2002 veröffentlicht und gelten als bedeutendes Zeugnis aus der Perspektive eines Rotarmisten.

    Im Februar 1945 war Gelfand nahe der Oder stationiert, wo sich die Rote Armee auf den letzten Vorstoß nach Berlin vorbereitete. In einem Eintrag berichtet er von der Gefangennahme bewaffneter deutscher Frauen, die angaben, für ihre gefallenen Ehemänner kämpfen zu wollen. Gelfand notierte: „Wir müssen sie ohne Erbarmen ausschalten. Einige Soldaten schlugen vor, ihnen besonders grausam zuzusetzen – ich hingegen sprach mich für eine unmittelbare Erschießung aus.“

     

    Ein sowjetischer Soldat beschimpft eine deutsche Frau bei der Einnahme von Berlin.. HULTON-DEUTSCH COLLECTION
     

    Eine der erschütterndsten Passagen in Wladimir Gelfands Tagebuch stammt vom 25. April 1945, kurz nach dem Eintreffen der Roten Armee in Berlin. Gelfand beschreibt, wie er mit dem Fahrrad entlang der Spree fuhr und auf eine Gruppe deutscher Frauen stieß, die Koffer und Bündel bei sich trugen. In gebrochenem Deutsch fragte er sie, wohin sie unterwegs seien. „Mit entsetzten Gesichtern erzählten sie mir, was ihnen in der ersten Nacht nach dem Eintreffen der Roten Armee widerfahren war“, notierte er. Eine der Frauen deutete auf sich und sagte unter Tränen, dass sie von mehreren Männern über einen längeren Zeitraum missbraucht worden sei. „Nicht weniger als zwanzig“, sagte sie, bevor sie in Tränen ausbrach.

    Der britische Historiker Antony Beevor, ehemals Offizier der britischen Armee, veröffentlichte in seinem Werk Berlin: The Fall eine umfassende Rekonstruktion der Ereignisse rund um den Untergang der deutschen Hauptstadt. In sowjetischen Archiven stieß er auf Hinweise über eine Welle rachsüchtiger Gewalt, die ihn – eigenen Aussagen zufolge – „zutiefst erschütterte“.

    Beevor dokumentiert unter anderem, dass eine Einheit des sowjetischen Geheimdienstes NKWD, die der 43. Armee zugeordnet war, feststellte, dass mehrere deutsche Frauen in der Ortschaft Spaleiten einen Suizidversuch unternommen hatten – offenbar aus Verzweiflung über das, was ihnen in den vorangegangenen Tagen widerfahren war.

     

    Es gibt verschiedene Berichte über Frauen, die nach Misshandlungen durch russische Soldaten einen Selbstmordversuch unternommen haben
     
     

    Eine der betroffenen Frauen, Emma Korn, wurde später von Behörden vernommen. Am 3. Februar 1944 drangen Einheiten der Roten Armee in ihre Stadt ein. „Sie kamen in den Keller, in dem wir uns versteckt hielten, richteten ihre Gewehre auf mich und die beiden anderen Frauen und befahlen uns, auf den Hof zu gehen. Dort wurde ich von zwölf Soldaten nacheinander vergewaltigt, während andere dasselbe mit meinen beiden Nachbarinnen taten“, berichtete sie.

    In der darauffolgenden Nacht, so Korn weiter, seien sechs betrunkene Soldaten erneut in den Keller eingedrungen und hätten sie – vor den Augen der anwesenden Kinder – erneut missbraucht. Am 5. Februar seien drei weitere Soldaten beteiligt gewesen, am 6. Februar schließlich acht weitere, die sie zudem körperlich misshandelten. Drei Tage später hätten die Frauen in ihrer Verzweiflung versucht, sich das Leben zu nehmen und gleichzeitig ihre Kinder zu töten, indem sie sich die Pulsadern aufschnitten. Der Suizidversuch scheiterte – sie wussten nicht, wie sie es richtig anstellen sollten.

    Stalin wusste davon

    Der Historiker Antony Beevor deckte in seinen Recherchen weitere erschütternde Berichte auf. In manchen Fällen sei berichtet worden, dass in ganzen Straßenzügen sämtliche Frauen Opfer sexualisierter Gewalt wurden – darunter auch Schwangere, ältere Frauen, Schwerkranke sowie aus Konzentrationslagern befreite, körperlich geschwächte Überlebende.

    Diese Episoden widerlegen die verbreitete Annahme, dass sexualisierte Gewalt durch Soldaten der Roten Armee ausschließlich als eine Form der Rache gegenüber der deutschen Bevölkerung verübt wurde. Beevor betont, dass die sowjetische Führung – einschließlich Josef Stalins – über das Ausmaß der Übergriffe informiert war.

    Umschlag des Buches  "Leben und Schicksal"
     

    Der amerikanische Journalist und Schriftsteller Cornelius Ryan veröffentlichte 1966 sein Werk The Last Battle, in dem er den Fall Berlins am Ende des Zweiten Weltkriegs beschreibt. Dabei berichtet er unter anderem von einem „wilden, heftigen und persönlichen Angriff“, der im weiteren Verlauf der Schlacht stattfand. Ryan beschreibt, wie sowjetische Soldaten in Teilen Berlins das Verhalten von Eroberern annahmen und sich das „Recht des Siegers“ nahmen – auch gegenüber der weiblichen Zivilbevölkerung.

    Ein besonders eindrücklicher Fall betrifft Ursula Roester, die gemeinsam mit ihren Eltern, ihren sechsjährigen Zwillingstöchtern und einem sieben Monate alten Sohn im Keller eines Hauses in Berlin-Zehlendorf Zuflucht gesucht hatte. Vier Soldaten der Roten Armee verschafften sich mit Gewehrkolben Zugang zum Keller. Während einer eine Flasche französischen Parfüms entdeckte, sie öffnete und den Inhalt über seine Uniform goss, richtete ein anderer seine Waffe auf die Kinder und Eltern und sperrte sie ein. Anschließend wurde Roester nacheinander von allen vier Soldaten missbraucht.

    Ein Fernmeldesoldat der Roten Armee erinnert sich in Ryans Buch an die systematische Duldung von Übergriffen in besetzten Gebieten: „Wenn wir ein Dorf einnahmen, hatten wir drei Tage Zeit zum Plündern und Vergewaltigen – das war natürlich nicht offiziell.“ Er beschreibt ein Beispiel, bei dem eine deutsche Frau mit einer Granate zwischen den Beinen missbraucht wurde. „Heute empfinde ich Mitgefühl – damals nicht. Es war nicht leicht, den Deutschen zu verzeihen. Wir hassten es, ihre Häuser sauber, unversehrt und voller Rosen zu sehen. Ich wollte ihr Leid. Ich wollte ihre Tränen sehen. Es hat Jahrzehnte gedauert, bis ich begann, Mitgefühl zu empfinden.“

    Sowohl Ryan als auch der britische Historiker Antony Beevor beschreiben in ihren Arbeiten das Verhalten bewaffneter Männer, die in einem entmenschlichten Zustand agierten – ein Zustand, der durch den Krieg, durch Ideologie und durch die Missachtung individueller Würde geprägt war. Auch der sowjetische Schriftsteller Wassili Grossman thematisiert in seinem Werk Leben und Schicksal die Mechanismen totalitärer Systeme, die das Individuum seiner Identität berauben. Er schreibt: „Die Totalitarismen haben das Konzept der getrennten Individualität, das Konzept des Personseins, geleugnet und operieren mit riesigen Massen, indem sie auf das Individuum die Gesetze von Atomen und Steinen anwenden.“

    Verbrechen bleiben ungesühnt

    Die Brutalität des russischen Angriffskrieges gegen die Ukraine äußert sich in zwei verschiedenen Formen, die bereits aus früheren Einsätzen des russischen Militärs bekannt sind. Zum einen ist es die Rücksichtslosigkeit einzelner Soldaten und Einheiten, deren dokumentierte Gräueltaten – etwa in Butscha – Erinnerungen an apokalyptische Zustände hervorrufen. Zum anderen ist es die systematische Gewalt durch Bombardierungen und Raketenangriffe, die gezielt gegen zivile und militärische Infrastruktur gerichtet sind. Diese Form der Kriegsführung dient sowohl der physischen Zerstörung als auch der psychologischen Demoralisierung der Bevölkerung.

     
    Grosny-Massaker
     
    Ein Soldat spielt in einem zerstörten Aleppo Fußball. Europa Press
     

    Diese Angriffe erinnern an die Zerstörung der tschetschenischen Hauptstadt Grosny durch russische Streitkräfte in den Jahren 1999 und 2000. Die Belagerung und die Kämpfe hinterließen die Stadt in weiten Teilen in Trümmern. Im Jahr 2003 bezeichneten die Vereinten Nationen Grosny als die am stärksten zerstörte Stadt der Welt. Während der Belagerung kamen schätzungsweise zwischen 6.000 und 8.000 Zivilistinnen und Zivilisten ums Leben.

    Ein vergleichbares Ausmaß der Zerstörung zeigte sich 2016 in Aleppo, einer ehemaligen Hochburg der syrischen Opposition. Infolge der russisch-syrischen Militäroffensive starben rund 31.000 Menschen, von denen etwa 76 % Zivilpersonen waren. Satellitenaufnahmen der Vereinten Nationen identifizierten über 33.500 beschädigte oder zerstörte Wohngebäude in der Stadt. Nach Angaben des russischen Verteidigungsministeriums waren über 63.000 russische Militärangehörige am Einsatz in Syrien beteiligt. Insbesondere gezielte Angriffe auf medizinische Einrichtungen sollten laut Experten den letzten Widerstand gegen das Regime von Präsident Baschar al-Assad brechen. Der russische Sicherheitsexperte Mark Galeotti spricht in diesem Zusammenhang von einem „brutal-pragmatischen Kriegsansatz“, der „eine eigene erschreckende Logik“ verfolge.

    Zivile Opfer und Kriegsverbrechen gehören – tragischerweise – zu fast jedem militärischen Konflikt. Auch bei bewaffneten Einsätzen der Vereinigten Staaten in Vietnam, Afghanistan und dem Irak kam es zu zahlreichen dokumentierten Verstößen gegen das humanitäre Völkerrecht.

    Warum Soldaten Gräueltaten begehen, lässt sich nicht monokausal erklären. Einflussfaktoren sind unter anderem Befehle von Vorgesetzten, die militärische Organisationskultur, ideologische oder propagandistische Indoktrination, Frustration im Gefecht sowie individuelle Dispositionen zur Gewalt. Zusammengenommen können diese Elemente zu systematischen Verbrechen gegen die Zivilbevölkerung führen.

     
     
    Putin mit der russischen Armee
     

    Einige Analysten betrachten die Problematik als strukturell und politisch bedingt. Die mangelnde Rechenschaftspflicht innerhalb der russischen Streitkräfte wird durch das Fehlen unabhängiger Kontrollinstanzen in Putins autoritärem System – sowie bereits in der Tradition der ehemaligen Sowjetunion – weiter verschärft.

    In Russland werden Verbrechen dieser Art selten anerkannt, kaum untersucht und noch seltener strafrechtlich verfolgt. Unklar bleibt dabei häufig, ob die Brutalität auf bewusste Anweisungen durch Vorgesetzte zurückzuführen ist oder auf ein Versagen bei der Kontrolle der Truppen. In Verbindung mit der gezielten Bombardierung ziviler Einrichtungen entsteht der Eindruck, dass nicht nur staatliche Stellen, sondern möglicherweise auch Teile der Gesellschaft Gewalt gegen Zivilistinnen und Zivilisten stillschweigend dulden oder gar billigen.

    Es ist nicht Orwell – es ist Stephen King

    Laut einer Umfrage des unabhängigen Levada-Zentrums vom 4. März empfinden zwei Drittel der russischen Bevölkerung „Stolz, Inspiration oder Freude“ im Zusammenhang mit dem Krieg in der Ukraine. Nur 18 Prozent geben an, Gefühle wie „Wut, Scham oder Depression“ zu verspüren.

    Diese Haltung könnte auch auf die jahrelange entmenschlichende Propaganda des Kremls zurückzuführen sein, die ukrainische Staatsbürger systematisch diffamiert und delegitimiert. Russische Soldaten sind tagtäglich dieser einseitigen Darstellung ausgesetzt. Wie auf der offiziellen Website des russischen Verteidigungsministeriums vermerkt ist, sind Wehrpflichtige verpflichtet, täglich – außer sonntags – von 9:00 bis 21:40 Uhr staatliche Fernsehnachrichten zu konsumieren. Die zentrale Botschaft dieser Sendungen lautet, dass sie im Kampf gegen „Nazis“ stehen – in direkter historischer Kontinuität zu den sowjetischen Soldaten im Zweiten Weltkrieg.

     
    Stephen King, der Meister des Horrors. Gtres
     

    Diese historischen Vorbilder waren bereits durch eine Form von Propaganda geprägt, wie sie die Sowjetunion während der Zwangskollektivierung in den 1930er-Jahren einsetzte. Die stalinistische Propaganda erklärte die verheerende Hungersnot nicht als Folge politischer Fehlentscheidungen, sondern behauptete, sogenannte Kulaken – zwangsenteignete und entrechtete Bauern – hätten absichtlich Getreide versteckt, sich geweigert, Brot zu essen, und selbst den Hungertod gewählt, um dem Sowjetstaat Schaden zuzufügen. Ganze Dörfer, darunter Kinder und ältere Menschen, fielen dieser ideologischen Verzerrung und der politischen Verfolgung zum Opfer.

    Ein Moskauer Bürger, der in einem Interview mit Al Jazeera zu Wort kam, verglich das heutige Russland weniger mit George Orwells 1984 als vielmehr mit einem Roman von Stephen King: „Ich bin von Zombies umgeben. Niemand zwingt sie – sie unterstützen den Krieg freiwillig und mit Überzeugung. Das ist nicht Orwell, das ist King“, sagte er.

    Er beschrieb die nahezu permanente Ausstrahlung staatlich kontrollierter Fernsehinhalte, die mit Propaganda durchsetzt seien und auf das Bewusstsein der Bevölkerung eine tiefgreifende Wirkung hätten: „Sie wirken wie atomare Waffen – sie zerstören alles, verkehren Schwarz in Weiß und Weiß in Schwarz. Jahr für Jahr, Tropfen für Tropfen, Fälschung für Fälschung.“

    In Anbetracht der Kriegsverbrechen und der systematischen Gewalt stellt sich weltweit die Frage, ob Wladimir Putin – ähnlich wie einst Stalin oder Hitler – als ein nihilistischer Machthaber zu betrachten ist, dem menschliches Leben wenig bedeutet. Die Meinungen dazu gehen auseinander: Ein großer Teil der internationalen Gemeinschaft sieht ihn als solchen, während laut Umfragen ein erheblicher Teil der russischen Bevölkerung ihn weiterhin unterstützt. Der Internationale Strafgerichtshof in Den Haag hat bislang keinen Angeklagten, dem er formell den Prozess wegen der mutmaßlich begangenen Verbrechen machen könnte.

     
    Image: Spanien wird verraten. Stalin und der Bürgerkrieg
     
    Postsowjetische Kriege

    Wie bereits im Zweiten Weltkrieg orientiert sich auch in den postsowjetischen Konflikten die russische Militärdoktrin an dem Grundsatz, dass der Zweck die Mittel heiligt. Das George C. Marshall Center for Security Studies veröffentlichte hierzu eine Analyse des russischen Militärtheoretikers Alexei G. Arbatow, in der zentrale Grundsätze dieser Doktrin dargelegt werden.

    Demnach sei es aus strategischer Sicht legitim, der Zivilbevölkerung erhebliche Zerstörungen und sogenannte Kollateralschäden zuzufügen, wenn dies dazu beiträgt, die Verluste in den eigenen Reihen zu minimieren. Gewaltanwendung gilt laut Arbatow als effektivstes Mittel zur Problemlösung – vorausgesetzt, sie erfolgt energisch, konzentriert und in großem Maßstab. Verhandlungen werden in diesem Rahmen oft als taktisches Mittel betrachtet, das primär militärischen Zielen dient. Die Rechtmäßigkeit staatlicher Handlungen, die Einhaltung internationaler Normen sowie das Ausmaß des humanitären Leids sind in dieser Logik nachgeordnet.

    Auch der Einfluss internationaler Öffentlichkeit und westlicher Regierungen auf russische Entscheidungen wird in der Doktrin relativiert oder explizit zurückgewiesen, wenn nationale Interessen als gefährdet gelten. Eine zentral gesteuerte, kontrollierte Medienkampagne gilt dabei als entscheidendes Instrument zur Legitimation politischer und militärischer Maßnahmen.

    Der Zerfall der Sowjetunion wird retrospektiv häufig als „friedlicher Übergang“ beschrieben, doch in zahlreichen ehemaligen Sowjetrepubliken kam es in der Folge zu gewaltsamen Auseinandersetzungen. In Aserbaidschan, Georgien und Moldawien brachen bewaffnete Konflikte aus, die zehntausende Opfer forderten.

    Insgesamt kamen in den postsowjetischen Kriegen über 130.000 Menschen ums Leben, viele weitere wurden zur Flucht gezwungen oder dauerhaft vertrieben. Das Verhalten Russlands in diesen Konflikten liefert wichtige Anhaltspunkte für das gegenwärtige Vorgehen im Krieg gegen die Ukraine und deutet auf Kontinuitäten in der Anwendung militärischer Gewaltstrategien hin.